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Pregón De Carnaval

Samantha Hudson
Fotografía Alberto Guerrero

¡Bienvenidos, bienvenidas, bienvenides!, señoras, señores y las quimeras que habitan el en medio, nos hemos reunido todas aquí hoy por diversos motivos: para danzar, para reír, para ejercer nuestra vocación principal, que no es otra que la de ser tremendamente disfrutonas, ¿sí o no? Pero también estamos ocupando hoy este espacio maravilloso para cubrir nuestro cuerpo con un manto de fantasía, y es que esta noche tiene lugar una fiesta de carnaval y eso, efectivamente, significa que tal vez hoy sea uno de los pocos días en los que entregarse a lo excéntrico está amparado dentro de un contexto generalista; uno de los pocos días en los que ofrecerse a la narrativa de lo ajeno no supone un escándalo público; uno de los pocos días en los que el frikismo y el hedonismo circense son ley y no un motivo para condenarnos al ostracismo.

Sé que también puede parecer, y es verdad, que el carnaval no es más que una vaga excusa para que las monstruas como yo nos vistamos de la versión erótica de… No sé, literalmente, de cualquier cosa que exista. Y hablo en serio, porque hoy he ido a una tienda y había un disfraz de «fresita golfa». No obstante, yo creo que hay un trasfondo muy importante en esta fecha, una retórica profunda, y es que el carnaval es, en esencia, como una autorización de tus padres para irte a las colonias, es una cesión de potestad, es un tratado de paz que, aunque solo sea por unas horas, termina con esa confrontación absurda del decoro y la irreverencia. 

Sé que lo que digo puede parecer una chorrada y que muchas de vosotras queréis poneros unas licras, haceros un cardado y presumir de lo mucho que os parecéis a Olivia Newton-John en Grease, y eso está fenomenal. Pero para las díscolas que alguna vez ardimos en deseos de salir de nuestra piel, de escapar de esa cárcel de huesos y tejidos cartilaginosos, llamada cuerpo, el carnaval es una oportunidad para jugar con los límites de la estética, porque la que nunca se ha atrevido a llamar la atención se arranca sin tapujos; la que nunca ha tenido la osadía de ponerse una peluca y vivir la euforia de su género abre una ventana; esa persona que jamás ha podido experimentar el gusto de ser otra hoy saborea la experiencia.

Yo, la menda lerenda, la primera vez que tuve la osadía de calzarme lo femenino fue durante las fiestas de carnaval de mi pueblo: Magaluf, la cuna de la droga caníbal. Por eso, quiero que hoy os permitáis el lujo de ser drásticas, insolentes, de ser distintas. Que hoy os deis el gusto de dar vergüenza, de ser ridículas, de ser bochornosas y que cojáis esa vivencia, la convirtáis en un mantra y hagáis de ella una catarsis reveladora. ¿Lo estáis entendiendo? Porque todo aquel que se atreva a señalar el artificio como algo zafio es un calavera. Todo aquel que tenga la osadía de denostar el disfraz es, simple y llanamente, un necio sinvergüenza. Cualquier persona que ose criticar la máscara es que no entiende el poder que esta te concede, puesto que la hipérbole te enseña la verdad sobre la vida: a través de la cruz puedes conocer la cara de la moneda. Exagerando la otredad, te das cuenta de que la norma también es una pantomima.

De hecho, ya que nos estamos poniendo sinceras, os voy a confesar que cuando empecé a exagerar mi carácter fui capaz de ver que Samantha Hudson no era mucho más disfraz que Iván González. Eso es lo bonito del carnaval: enaltece la careta, a sabiendas de que interpretar un personaje puede llevarte a ser más auténtica. ¿Acaso no es el ser humano metamorfosis, cambio, transición? Como dice Rosalía: «Yo soy muy mía / Yo me transformo». En mi humilde opinión, ser una misma significa, a veces, darte el capricho de ser cualquier persona. Por eso, ¡viva el disfraz, viva la hipérbole y viva el carnaval del Círculo de Bellas Artes!