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Máscara y filosofía… ¡que la vida es un carnaval!

Óscar Quejido Alonso

En el pregón del último Carnaval del CBA, la artista y activista Samantha Hudson reivindicó el carnaval como la posibilidad de «experimentar, aunque solo sea por unas horas, el gusto de ser otra, a sabiendas de que interpretar un personaje puede llevarte a ser más auténtica». Tomando como pie el discurso de Hudson, el profesor de la Facultad de Filosofía de la Complutense Óscar Quejido analiza en este artículo la relación entre la filosofía y la máscara, así como la potencia que tienen hoy en el campo del pensamiento crítico las teorías queer.

Aunque no siempre sin reparos, en general nos hemos acostumbrado a opinar y tratar abiertamente asuntos relacionados con la identidad sexual y de género. La revolución de las mujeres, así como los debates sobre la reivindicación de sus derechos menoscabados históricamente que, con altibajos, fueron ocupando un espacio en la esfera pública, al menos desde el siglo XVIII, se consolidaron claramente a partir de comienzos del XX con reivindicaciones cada vez más ambiciosas e igualitarias. De manera paralela, se fue constituyendo un corpus teórico estructurado y solvente que, desde la segunda mitad del siglo XX, fue ganando espacio en las universidades con la creación de cátedras e institutos de investigaciones feministas, al tiempo que popularizaba sus principios en la esfera pública.

Estos avances, finalmente, trajeron consigo la apertura de un campo de reflexión general sobre las cuestiones de género; un ámbito que no ha dejado de ampliarse tanto desde una perspectiva social como teórica, impulsado por las demandas de los colectivos gay-lésbico-trans, que tomaron las calles a partir de finales de los años sesenta y que tuvieron como resultado la aparición de los estudios LGTB; más particularmente, el surgimiento de los movimientos y teorías queer. En las últimas décadas, concretamente desde finales de los ochenta, estas teorías han cuestionado en profundidad los fundamentos que, de manera tradicional, trataban de dar cuenta de las relaciones entre el sexo, la sexualidad y el género a partir de planteamientos naturalistas y binarios, e intentaban establecer marcos sociales y teóricos amplios que recogieran en último término la diversidad, así como del peso de lo social en la construcción del cuerpo y la subjetividad frente a un supuesto estado natural.

Más allá del impulso inicial que recibieron por parte de los planteamientos posestructuralistas y de algunos otros antecedentes procedentes de la filosofía y la psicología –desde Nietzsche hasta las teóricas del feminismo, pasando por el psicoanálisis o la antropología–, que hicieron posible su aparición, las teorías queer se sustentan sobre un vasto y marcado enfoque crítico-filosófico. Desde sus inicios, para poder llevar a cabo su resignificación de las relaciones sexo-genéricas, y también sus reivindicaciones, han tenido que someter a una revisión crítica temas fundamentales de la filosofía, como la relación entre lo universal y lo particular, la articulación entre los individuos y la comunidad o la de la teoría con la práctica, así como el tema de nuestra relación afectiva o corporal con el mundo y con los otros, remarcando el situacionismo del conocimiento en su vinculación con los procesos creativos, entre otros.

De esta manera, aquello que caracteriza más y mejor a las teorías queer es su irrenunciable carácter crítico que, llevado a su máximo exponente, supone –si no de manera explícita, sí, al menos, implícitamente– una revisión de los principales supuestos sobre los que se levantó la Modernidad. Esta constitución esencialmente crítica que las conforma sería lo que les otorga, por otra parte, su potencial como herramientas políticas y antropológicas: las teorías queer implican una transformación; una transformación en nuestra manera de entendernos y representarnos en tanto que humanos, que recoge, reivindica y amplifica la pluralidad constitutiva de nuestra condición, así como la de sus manifestaciones, a la vez que promueve el reconocimiento de las diferentes formas en las que las personas vivimos nuestras vidas y, más particularmente, en lo que remite a nuestro género y nuestra sexualidad.

Gracias a su marcado carácter transversal, esta potencia crítica que excede la reflexión de género se proyecta sobre otras formas de pensamiento críticas también con algún aspecto de la contemporaneidad, como el pensamiento descolonial, el anticapacitismo o la reflexión poshumanista. Sin duda, las alianzas teóricas tejidas por estas dimensiones del pensamiento crítico conforman el escenario filosófico más potente de la actualidad.

Sin embargo, podríamos ir algo más allá. Asumir la crítica como motor, con la intención de acentuar la pluralidad y la transversalidad como formas esenciales en la construcción de la realidad, conlleva importantes consecuencias en aquello que implica la construcción de nuestra propia vida, de nuestra propia subjetividad. Cuando ya no podemos agarrarnos a la naturaleza o a categorías universales de la religión, la ética, la política, la estética o la epistemología, y ante la amenaza de una parálisis valorativa generalizada que nos lleve a quedarnos como estamos o a asumir lo dado como bueno en sí mismo, las teorías queer ofrecen la posibilidad de adoptar una dimensión constructiva. Nietzsche ya había señalado cómo, ante la muerte de Dios, ante la constatación de la crisis de los fundamentos que proporcionaban sentido al mundo y a la existencia humana hasta ese momento, la única salida era una transvaloración de todos los valores, es decir, la búsqueda de nuevas formas de sentir a las que solo podríamos llegar entendiendo la vida en general –y cada persona la suya propia– como un gran experimento valorativo. Este experimento cobraba en Nietzsche rasgos performativos, vinculados a la ascesis del cuerpo, la construcción de la identidad por medios de roles, o en su reflexión sobre los hábitos y costumbres que suponen las diferentes formas de vida y las culturas en general.

Ahora bien, esta dimensión crítico-performativa de la existencia entendida como un experimento, sumada al pluralismo y la transversalidad de los que venimos hablando, y que las teorías queer, de manera general, comparten con la visión nietzscheana del mundoAunque con notables diferencias en sus desarrollos, a mi entender, este planteamiento básico que encontramos en la obra de Nietzsche marca el pensamiento de los siglos XX y XXI, no solo por la recepción que de él hicieron autores como Gilles Deleuze, Michel Foucault o Jacques Derrida (en general en la recepción francesa de este autor), sino también por la influencia, más o menos directa, en autoras queer como Butler o Braidotti, llegando a líneas más alejadas, como los trabajos de Peter Sloterdijk., implican que el tradicional «conócete a ti mismo» propio de la filosofía se haya convertido en un prometeico «llega a ser quien eres», subrayando con ello el carácter dinámico, procesual y experimental de la vida de cada individuo.  

LA VIDA Y LA MÁSCARA

La relación entre la filosofía y el carnaval o entre la vida y la máscara no es nueva para el pensamiento. No lo era para el mencionado Nietzsche, quien escribió que «Todo lo que es profundo ama la máscara»F. Nietzsche, Obras completas. Escritos de madurez II y complementos a la edición, vol. IV, Diego Sánchez Meca (ed.), Madrid, Tecnos, 2016., pero por mencionar solo un par de ejemplos importantes, en El sujeto y la máscara (Península, 2003), Gianni Vattimo tomaría como punto de partida precisamente a Nietzsche para repensar el tema de la construcción de la subjetividad en relación a la libertad. En España, el inolvidable Eugenio Trías dedicaría una de sus primeras obras a esta cuestión, también en relación con la crisis moderna de la subjetividad. En Filosofía y carnaval, escribía: «[…] es una filosofía carnavalesca la que propongo: liberación de todas las máscaras y disfraces que reprimimos, conversión de la vida en común en una fabulosa mascarada […] una filosofía que suspende toda concepción acerca de la “unidad de la conciencia y su identidad consigo misma”»E. Trías, Filosofía y carnaval, Barcelona, Anagrama, 1984, p. 9.. Cuando Judith Butler publicó su famoso libro El género en disputa (Paidós, 2007), uno de los textos fundacionales de las teorías queer, dedicó algunas páginas de la última parte a la cuestión del travestismo como una forma de subversión de la norma entregándose, precisamente, a la narrativa de la ajeno.

El pregón con el que este 2023 dio comienzo a la Fiesta de Carnaval del Círculo de Bellas Artes, que precede a este artículo, fue performado por Samantha Hudson («la menda lerenda»), que, disfrutona y jovial, irreverente y profunda«Todo espíritu profundo necesita una máscara», escribió Nietzsche en el aforismo 40 de Más allá del bien y del mal, en Obras completas, vol. IV, p. 324., condujo a un público entregado por los vericuetos teóricos de algunos de los lugares comunes de las teorías queer actuales, con un discurso que, sin duda, no tiene desperdicio.

Con la facilidad de quienes han in-corporado la teoría, esta «monstrua» nos recuerda que, precisamente, ese es el apelativo con el que la sociedad normalizadora se refiere a aquelles que, más allá de las leyes impuestas, como si fueran criminales, aceptaron vivir la vida como un experimento; aquelles que «alguna vez quisieron escapar de la cárcel de huesos y tejidos cartilaginosos llamado cuerpo», para «experimentar el gusto de ser otra persona». Pero no se trata de una fuga –y esto a mi parecer es lo significativo– del todo obligada, sino que tiene como fin «experimentar el gusto de ser otra persona». Mucho hay de nietzscheano en este placer que produce llegar a ser uno mismo pero pasando por otros, de descubrir los límites de tus convicciones y de tu identidad poniéndote a prueba en el juego de aceptar ser lo contrario. Es en ese momento en el que uno puede llegar a descubrir que nada había de esencial en lo que, hasta ese momento, se era.

Y es que, como hemos visto, queramos o no, solo en este ejercicio de dislocación del centro que uno supone ser se encuentra el crecimiento de la persona. Solo en la constante revisión y posible contradicción de lo que uno supone ser se abre la posibilidad del conocimiento de que la norma a la que te atabas, más allá de su aparente naturalidad, únicamente responde al hábito y la repetición, a la impostura del rol, casi siempre impuesto, que llamamos identidad; tan solo «exagerando la otredad, te das cuenta de que la norma también es pantomima». Solo así comprendes que lo que llamamos «normas» no es más que otra máscara con la que sobrellevar el sinsentido abismal de una realidad vacía de dioses y de fundamentos.

Escuchando a esta Samantha disfrazada de Dioniso, es inevitable escuchar a Nietzsche, pero también a Trías, a Foucault o a Butler, entre otres, y es igualmente inevitable pensar con admiración en todes aquelles que se han atrevido a vivir peligrosamente, que han asumido el riesgo de elegir sus máscaras, que han elegido el camino de la autenticidad.

Ahora bien, este pensamiento que toma como punto de partida la afirmación de que «el ser humano es metamorfosis, cambio, transformación» no debe olvidar aquella antigua sabiduría griega que el joven Nietzsche nos recordaba en El nacimiento de la tragedia, su primera obra importante: no es posible vivir en el abismo. La máscara es necesaria, una u otra, prácticamente en todo momento. Lo importante será construir sociedades capaces de ofrecer múltiples posibilidades y formas de vida en las que les individues se configuren a lo largo de su vida eligiendo en cada momento la máscara que quieren llevar. Una sociedad, como escribía Trías, que sea más una gran mascarada: «solo la hipérbole te enseña la verdad sobre la vida».

CARNAVAL DEL CBA
18.02.23

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